No se trata esta vez de un muro de concreto, de hormigón, o de adobe hecho por las humildes manos de las mujeres y niños que viven en Sierra León.
Se trata de un muro oscuro, frío y áspero que nos frena cuando queremos avanzar, sin embargo nos encargamos de colocar ladrillo por ladrillo a diario. Estos ladrillos son la fina mezcla de todos nuestros sueños rotos, nuestras aspiraciones congeladas, lo que alguna vez quisimos lograr pero no sucedió, lo que más quisimos y dejamos, todos los temores que no nos dejaron ser mejor.
Horneados con el más ardiente fuego de la sociedad, sociedad sucia, insensible y cruda que hace de este ladrillo uno más fuerte y pesado. Cuando miras hacia al suelo intimidado por el muro, que no habla pero te grita por dentro, que no te toca pero hace sangrar tu espíritu, te preguntas qué hacer, parece muy difícil ser libre, él no dejará ni pensar en la respuesta, simplemente actúa, respira fuerza, suda respeto, mira con perseverancia. Por y para algo estás aquí, y no creo que sea para estar detrás de ese muro. Retrocede, coge impulso, derribalo, escupe sus escombros, eres fuerte y siempre lo serás, para acabar con él y con todos los demás cobardes que te obligan a cumplir sus expectativas las cuales destruyen las tuyas y terminan acabandote a ti.
La próxima vez estarás construyendo tu puente y buscando tu billete de aquel tren que te llevará a la infinidad de tus sentimientos.

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