Cubierto con un grueso mantel de la mejor seda de la época, construido a petición y con exigencia al mismo Antonius Stradivarius, descansa el piano de 36 teclas.
Según el manuscrito que yacía en su cola, con puño y letra por Franz Liszt describía su sonido como único y omnipotente, así como la resonancia al estallar un volcán, así hacia notar su presencia el piano cuando sólo él tenia el poder y jerarquía de tocarlo, mas que un grito de guerra, dejaba sin sentidos a los escuchaban su melodía que llegaba a cada confín como la luz, marcaba el final del día y el principio de la noche, mas que las estaciones lograba marcar el lugar, doblando el tiempo del espacio.
No hubo melómano en el contar de los siglos que no se sintiera desesperado por tocarlo sabiendo que seria consumido por tal sensación que aquellas teclas le brindarían, si tan sólo fuesen dignos de tocarlo, dignos de mirarlo, dignos de sentir la eutanasia con cada clave tocada.
Hoy en día el piano se encuentra en el mismo lugar en el que fue construido y ultima vez escuchado, en las mazmorras del castillo de Blair, aunque sin protección se encuentra, nadie se atreve a profanarlo, pues cada 13 de septiembre el piano sin presencia de alguien consigo en la habitación comienza a tocar una canción que ningún compositor hasta la fecha a logrado identificar y podido tocar.
Es una de las grandes maravillas musicales aquel piano de 36 teclas acompañado de su oscuro misterio, que sin duda alguna seguirá atrayendo a músicos a su muerte al igual que un cocodrilo espera a su presa en la orilla del río.

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